A la hija de Hesse.
En contra de todos y cada uno de los pronósticos mayas, los calendarios lunares e incluso las predicciones del viejo y sabio chaman, aquel hombre a través de una profunda mirada, algo desafiante, un poco mística, le había contado al can de colmillos afilados y largas uñas que su piel de plata y el brillo de sus ojos, no podrían apreciar al astro mayor…
La luna, que tanto el hombre como el lobo esperaban llenara aquella fría y nublada noche, desviaría su rumbo en busca de serpientes azules, en busca del origen del cosmos, dejando los ojos de todos sus fieles espectadores, plenos mirando el vacío infinito.
Ni Pitágoras, ni Newton, ni ningún otro astrónomo lo había pronosticado, nadie había previsto las fatales consecuencias de tan trascendental hecho, solo aquel hombre que en su camino cruzado con el lobo había soñado que esa noche ni el ni el lobo verían la luna llena, sabía lo que estaba por venir.
Sus caminos quizás en busca de otras lunas, de otras ítacas se habían encontrado días atrás, quizás por juegos del azar o tal vez su encuentro si estaba en el libro de las predicciones y daba cuenta de ello.
Aquel hombre que a primera vista había apreciado al lobo en su absorta belleza como algo ajeno y distante, a segunda vista un poco mas familiar había visto su espíritu reflejado en los profundos ojos del lobo.
Este último por su parte había sentido desde el comienzo, su odio algo filial hacia el hombre. Ambos odiándose compartieron el espíritu del fuego, el volar de las aves, de las mariposas, de las hadas.
Tanto el hombre como el lobo siguieron su camino pero ahora sintiéndose mas libres e igualmente atados. Partieron rápidamente cada uno por partes diferentes, ambos tras unos pasos dieron una mirada fugaz en busca de si mismos.
El hombre sabía lo que pasaría. Algo confuso prosiguió su camino en medio del bosque, miro al cielo, luego a la tierra, sintió asco hacia el y a hacia su especie, camino abstraído del mundo hasta que la oscuridad fue total, ahí se quito la mascara y mostró sus afilados colmillos, dejo ver el lobo que había cargado desde hacia tanto tiempo y espero por la luna llena que no saldría esa noche.
Un poco mas al sur el lobo quien de igual forma había seguido su travesía, se sentía cansado, sentía que la tierra sabia sus pasos de memoria, que sus afilados y camuflados colmillos habían causado ya suficiente daño a los suyos, sentía que no quería ir al sur.
Sobrecogido por su estado de agotamiento el lobo metamorfoseo, sintió como todas y cada una de sus partes se desgarraba, se liberaba, sintió como sus garras y colmillos se transformaban en alborotadas plumas, revolcadas por el viento, como sus ojos cerraban sus pupilas hasta parecer el mas sigiloso felino, sintió como su quimérico corazón se odiaba, vio su espíritu surcar los aires en busca de las estrellas…
Sintió terminar su sueño y salir volando como una monarca a cruzar el mediterráneo, abrió los ojos, oscuridad por doquier, aulló por la luna que no saldría esa noche.
A la mañana siguiente ambos, tanto el lobo como el hombre, siguieron su camino a la espera de que bien los juegos del azar o alguna clase de predicción india, hiciera que sus vidas se cruzaran de nuevo para poder por fin compartir una luna llena juntos, sintiéndose uno en los ojos del otro.



